Juan Pedro estaba mirando la carátula cuando apareció el gran jefe. Tiene la habilidad de emerger de pronto, sin aviso. Le comenta mi compañero que el aparato que tiene sobre el cogote le resulta nocivo. Es una caja llena de cables que conecta a la red, bastante grande y como no puede ser de otra manera está instalada en la oficina, donde estamos los curritos.

Además su mobiliario está compuesto de repitajos; sobre la mesa descansa un ordenador de los viejos, de los que tienen la pantalla con metro y medio de espacio por detrás, la silla casi de esparto le provoca alaridos cuando se levanta ya que tiene una minusvalía bastante considerable y evidente.
-Quiero hablar muy seriamente de la adaptación de mi puesto de trabajo- le comenta Juan Pedro en su peculiar forma de hablar.
-Pues te vas arriba porque todo no se puede tener, macho-.

Y sonó la palabra mágica:
Sindicato.

El resultado es que esta mañana cuando volvíamos del desayuno, entre risas, atisbamos al gran jefe flanqueado por Atanasio y demás eminencias desmontando el ordenador, la mesa, que no cabía por la puerta, el reposapiés logro de mi compañera.

Ahora está en un piso de soltero como él dice, soleado, amplio, solo, sin Internet, sin correo electrónico, con pantalla plana, sin poder actualizar su página web que en eso consiste su trabajo, sin que alguien pueda resolverle cualquier menudencia manual.

Y aparece el gran jefe otra vez:

-Estarás contenta ya no te va a molestar más-

-No me molesta en absoluto-
comenta mi compañera con la vista fija sobre su mesa.