-Ehhhh- ¡hola Princesa!-
-¿Te has levantado ya?. Te llamo para decirte que enfrente de donde papá desayuna hay una zapatería muuuuuy cara que está de liquidación-
ojos de besugo mirando al infinito, se supone que otra voz responde al otro lado del hilo telefónico.
-Son preciosísimos, de la muerte- y su voz se queda flotando en el ambiente
Ponds que está con la de la Aparecida me mira y yo no puedo evitar troncharme, la pantalla del ordenador me sirve de escudo anti plasta.
-Será que no conoces el paño- le dice la Aparecida a la Ponds
Voy apuntando en mi diario los días trabajados para la admón como si fueran una condena... que está mas cerca de la perpetua.
Es una libretilla azul con arillos y en la parte posterior de la libreta viene el escudo de España junto al Ministerio de Educación y Ciencia.
Llevo anotados los días desde marzo del año pasado y esto parece un bucle en el tiempo, girando girando girando.
Faltan cinco minutos para que la guagua salga de la estación de Arrecife. Las doce de la mañana. Destino un pequeño pueblo con encanto. Compramos el billete en el bus. Nos sentamos en segunda fila muy cerca de la conductora con la esperanza de que no se nos pase la parada dónde supuestamente debemos bajarnos. En la primera fila hay una niña de unos cinco años que se balancea arriba y abajo es la hija de la conductora, no para de hacerle preguntas a su mami.
Me he entretenido con las calles de la capital, de pronto miro para el frente y veo un par de leotardos rojos entre el paisaje desértico, dos guiris sentados a nuestra izquierda miran a la cría que ha terminado plantando sus piernecillas en la barandilla del asiento y la madre le dice:
-Quita los pies de ahi-
-¿Quiéres más bombones, mi amor?-
A lo que la niña le responde por quinta vez:-¿Falta mucho para que lleguemos, mami?
Paramos en La Biosfera, lo que me supuso un constante pensamiento sobre lo que podía significar, para descubrir que es la parada de un centro comercial en la masificada Puerto del Carmen.
Hay un número importante de guiris que tienen intención de subirse. Casi todos son extranjeros y del norte. Cuando por fin la cola va disminuyendo
-¿Para dónde va?.-le pregunta la conductora con ganas de iniciar la marcha-
-Ehhh, ehhh- comenta doña croqueta de veraneo.
-Playa ¿Blanca?-le vuelve a insistir
-Nouuu-Nouuu. Se queda mirándola con cara de decir ¡cómo es posible que no sepa mi idioma!-y sigue-COPITA, CO-PI-TAHH.
-Copita la que me tome ayer en fin de año.-
La niña se rie.
Nosotros nos destornillamos de risa, y los guiris que han censurado a la niña de las piernas inquietas no entienden nada. Sólo un oriundo sentado detrás nuestra y nosotros nos reímos a carcajada limpia.
-Mamá, !que copita es un bar¡
Sólo faltan cuatro horas para que finalize el año o como se quiera ver para que comience el nuevo.
El menú de nochevieja es extraordinario, me voy a comer lo que nunca me he comido en semejante noche aderezado con los mejores vinos y cavas nacionales claro. No recuerdo cúando fue la última vez que me puse traje para la ocasión pero esta tampoco va a poder ser porque la maleta es demasiado pequeña para todo lo que nos hemos traído. Mi vestido plateado espera todavía para un evento superior, adquirido en el dos por uno, de la reboda del año. La bodísima, la superboda.
Mesa 26 ésa es. En el desayuno he contemplado alarmada que las mesas no son precisamente para dos personas si no para muchas más. Bueno, en fin.
Sobre las ocho u ocho y media vamos para el comedor. Hay cola para entrar, los nacionales van puestísimos, impecables. Los niños repolludos con trajes de terciopelo granate. No es cierto. No me acuerdo de cómo iban pero así fuí yo vestida a la boda de mi tía cuando tenía cinco años.
Como el paso final de un diplodócus mi bolsa se deja caer. La casa es lúgubre. Tiene una persiana a modo de cochera para acceder a la entrada. En verano debe ser muy fresca. La americana me mira un poco perpleja. Esto si que es una regresión. Los muebles son años 70 pero de los propios años 70. El comedor está sombrío, nadie se atreve a levantar la persiana de madera. Al final del pasillo hay un espejo de cuerpo entero para cuerpos no muy grandes, de juguete para lo cual algunas de nosotras no van a tener problemas no así el dueño de la casa que es Gulliver en la casa de Liliput, más tarde nos explica que esta piso lo tiene desde que era pequeño y que ahora a su hija le gusta más que el otro que tiene porque es como estar en una casa de muñecas.
Tengo los dedos muy malamente. Nunca me había pasado esto. Creo que ha sido nefasto mi viaje a Santa Pola. Estos tenis que nunca me habían apretado y ahora ¡maldita sea! tengo los dedos gordos como dos chorizos.
El domingo pasado hacía una mañana de primavera, excelente, aunque para mi con demasiado calor. Me dejé caer en mi macuto más de media casa pensando que del autobús a las duchas no sufriría en demasia; pero cuando desembarcamos alguien comentó que el año pasado se había duchado con agua fría y que éste no estaba dispuesta a repetirlo lo que supuso que nos pusiéramos en marcha hacia la casa de un amigo que amablemente la había ofrecido.
La maleta triplicó su peso a cada minuto que intentaba seguir entre la muchedumbre para no perderme, el pisito en cuestión resultó estar a más distancia de la prometida. Mientras el gentío seguía pasando a nuestro alrededor.
Su frente empezaba a relucir; gruesas gotas de sudor le caían por las orejas.
-Es, que vera, vera… el año pasado estuve aquí y se quedaron con mis títulos-
-¿Qué, cómo?- ¿De qué nave espacial a aterrizado semejante espécimen?
-Si es que me he dado cuenta hoy-
me comenta entrando en seguridad.- tienen (deben) estar aquí. Me atendió una señora rubia.- la señora rubia en cuestión en ese preciso momento no está.
-Eso es imposible- en voz alta pienso y digo.
-¿Dónde tienen los objetos perdidos?-
Sus títulos universitarios y demás son objetos y perdidos como ella en el espacio exterior, de su planeta mutante.
Pido ayuda a mi compañera. Ella le explica con infinita paciencia que eso es materialmente imposible y que en todo caso le habríamos llamado para comunicarle que su famosa carpeta repleta
de títulos está allí.
No está muy conforme pero al fin se levanta y se va.
Cuando entro en el bar oigo una
voz que dice: ¡Hablando del rey de roma, por la puerta asoma¡
Tomo asiento mas o menos enfrente de la voz. Me giro con disimulo y su mirada la tengo clavada en mi cogote; es
ella la extraña extraterrestre junto con un matrimonio que debían de ser los padres de la criatura. La madre cogiendo onda con su planeta gracias al pelucón que le llega al
techo, el padre está como suele ocurrir un punto más ajeno.
Sus miradas me dicen:
es ella y tiene mis títulos, con esa mirada que tienen los locos de las películas de ciencia ficción que han sido succionados en una vaina.